Cuando mi amigo Rafo y yo llegamos a la aldea de Bhaptara, descubrimos que todo el plan de
búsqueda que organizamos en Lima para ubicar a su hermano Daniel era una ridícula caricatura de estrategia.
Frente a nosotros se levantaba un inmenso basural con forma de edificios semiderruidos, calles
malolientes y sucias, y un apelotonamiento de gente peor que un día típico de la Avenida Gamarra en plena campaña navideña.
Cual lúgubres árboles, aquellos edificios pequeños se levantaban en desorden, entrelazados por
miles de tendales de ropa que simulaban frondosas enredaderas con raíces aéreas.
Había pasado ya una semana desde aquel día en que recibí la estrepitosa visita de Rafo en mis
oficinas de Miraflores, blandiendo una misiva diplomática que le acababa de enviar la Embajada
de la India -después de un mes de haber recibido la última postal de Daniel desde Bhaptara- en la
que le daban la triste noticia de que no habían logrado hallar a su querido hermano. Inútiles
habían sido todos los esfuerzos de búsqueda realizados por la policía que incluso había
ampliado el área de investigación más de cien kilómetros a la redonda hasta Khulna,
Bharddhaman, Durgapur, Asansol e incluso Punta Palmyras, que Rafo les había señalado como
el destino original de Daniel, pues era uno de los lugares favoritos de aquél cuya afición
por la tabla lo había llevado a visitar los más famosos paraísos del surfing del planeta.
Sin embargo, según la carta, no había rastro de él; ni una mochila, ni un registro de motel, ni
testigos; nada.
Estando así las cosas, Rafo había tomado la decisión de ir personalmente a buscarlo y
arrancándome de mi sillón de cuero me convirtió automáticamente en su compañero de
aventuras.
Pero un poblado como Bhaptara era demasiado para cualquiera y de no haber sido por la valiosa ayuda de Krishnaragar, nuestro recién estrenado intérprete, no habríamos sabido por dónde empezar. Con una paciencia infinita, Krishnaragar nos ayudó a preguntar a todo el que podíamos sobre Daniel, mostrando una foto que Rafo había sacado del álbum que guardaba la madre de ambos entre sus más preciados tesoros. No había transeúnte que no nos mirara con un gesto de indiferencia, a pesar de que nuestro compañero les explicaba nuestra situación. Al fin, un mendigo nos comentó entre eructos resacosos que el único lugar en el que podríamos encontrarlo algún día sería la morgue.
La "morgue" la descubrimos detrás de unos puestos ambulantes de comida. El olor de los
potajes y el hedor de la putrefacción constituían una combinación tan potente que me aplastó el
estómago con tal fuerza que luego de evacuar todo el vómito, las entrañas me quedaron
doliendo por un buen tiempo.
Tras una puerta de madera vieja y ahuecada por las polillas pudimos atisbar al fondo unos cuantos paquetes de plástico desparramados por el piso. Con asco descubrimos al acercarnos que aquellos paquetes estaban llenos de cadáveres congelados, clasificados por fechas y agrupados de acuerdo a su tamaño. Estábamos revisando estos degradantes fardos, cuando una de
las dos puertas de hierro de más al fondo se abrió y apareció el encargado que se nos abalanzaba seguido de un vapor congelante. Su gesto fiero y en general todo su cuerpo expelían una amenaza de ataque inminente, pero ante sus gritos y ademanes evidentemente expulsatorios, Krishnaragar se plantó firme y le explicó con gran dominio de sí -y yo diría que hasta una excesiva diplomacia- sobre nuestra búsqueda.
El encargado sólo se limitó a escucharlo, y ya su ceño se civilizaba un poco, cuando nos miró
bruscamente y empujando a Krishnaragar le gritó unas cuantas frases. De vuelta con nosotros,
Krishnaragar nos dijo que aquel hombre le había negado el paso y nos amenazaba con llamar a
la policía en caso de no retirarnos inmediatamente.
Rendidos, ya habíamos caminado unos cuantos metros hacia la derrota, cuando Rafo me cogió
fuertemente del brazo, empotrándonos a mí y a nuestro sorprendido intérprete contra el muro de un curioso ahondamiento en la pared del callejón. Luego espió al encargado, al cual se le unieron tres ayudantes que cargando dos paquetes en una de las plataformas con rueditas estacionadas contra la pared, desaparecieron seguidos de su elefantiásico jefe tras las puertas de hierro.
Sin perder un instante nos hicimos del segundo carrito y cargamos sobre él otro paquete,
tocamos la puerta de hierro y entramos sin dificultad.
Jamás olvidaré la profunda impresión que me causó el espectáculo que se desarrollaba frente a
mis ojos en ese lugar. Era este un hangar altísimo y muy amplio, que tranquilamente podría albergar a dos aviones dentro. En el centro de este lugar estaba el encargado y varias personas subían los paquetes en camiones que se iban con rumbo desconocido. Sin embargo, al acostumbrarme a la luz tenue, pude adivinar cientos y hasta miles de estos paquetes apilados unos sobre otros alrededor de todo el hangar, cada uno con su fecha, esperando turno.
Repuestos del horror comenzamos la tarea quijotesca de ubicar a Daniel, pero -no sé si decir
afortunadamente- lo encontramos muy rápido, pues estaba en uno de los paquetes ya listos para encamionar y con una etiqueta anaranjada fosforescente que decía: "Extranjeros-Urgente (17-5-1999)". La fecha era la del día siguiente de la correspondiente a la última postal que Daniel le había enviado a su hermano.
Y ahí estaba él. Al verlo, Rafo perdió el control. Entre sollozos y gritos de rabia rompió el plástico,
desprendió con furia el lamentable despojo congelado de su hermano del resto de muertos, y cargándolo en hombros corrió hacia la salida con nosotros detrás y con una decena de malvivientes pisándonos los talones y armados con hachas, palos y trinches.
La puerta de hierro la encontramos cerrada y no había manera de abrirla en tan pocos
segundos. Ya estabamos dispuestos a inmolarnos, cuando de repente Krishnaragar, con un
ademan suave pero decidido nos apartó:
- Señor Rafael: Usted debe llegar a la Verdad; Señor Arturo: Usted debe abrir esa puerta. Por
ningún motivo vuelvan la cabeza atrás, oigan lo que oigan o vean lo que vean.
Nuestro amigo, a quien ya había empezado a estimar, cobró tal altivez mientras decía estas
palabras, que no nos pudimos oponer. Mientras él se dirigía en ruta de choque contra nuestros cazadores, yo logré mover la pesada puerta y ambos salimos casi volando. No habíamos llegado a la calle cuando una tremenda explosión seguida de una imparable onda expansiva y una brillante luz celeste nos golpearon por detrás. Abrumado por el impacto de aquella misteriosa fuerza perdí el conocimiento hasta que desperté en el hospital de Haora, junto a mi querido amigo.
Según Rafo me contó, habían pasado tres días desde aquel incidente, y el cadáver de Daniel
estaba en los frigoríficos del Hospital, protegido con custodia policial.
- Hoy día bajé a verlo -me dijo- y ni siquiera me quedó el consuelo de saber que fue una muerte
instantánea. Lo torturaron Arturo !, le sacaron los ojos y lo marcaron en la frente como si fuera un
animal !
- Cómo que lo marcaron ! Para qué?
- No lo sé, pero es una figura muy curiosa, hasta se me hace familiar. Mira!
En ese instante Rafo me alcanzó una hoja arrugada de su bolsillo y me la entregó. En ella había
dibujado dos semicírculos ligeramente separados y con sus lados rectos horizontales frente a frente, uno sobre el otro. En el centro de estas dos figuras había un círculo pequeño y todo estaba enmarcado en un cuadrado de esquinas ligeramente redondeadas. Yo había visto ese símbolo en otra parte pero no lo podía ubicar ni en el espacio ni en el tiempo.
- Krishnaragar, tenía razón -reflexionó Rafo- yo debo llegar a la verdad y por la memoria de mi
hermano que la descubriré aunque me muera !
- Pero que te dijeron los peritos, hicieron la autopsia?
- Eso es lo increíble, según ellos, mi hermano fue asaltado, se resistió y lo mataron hundiéndole
una daga en el estómago. Pero eso no explica lo de la marca.
- Y como te explicaron eso?
- Se rieron comentando entre ellos las extrañas costumbres de algunos extranjeros que se
hacen marcas en todo el cuerpo para parecer más temibles, pero que sin embargo terminaban
muertos igual. Yo no me iba a quedar parado ahí, viendo como la ley se burlaba de mi
hermano...
- Pero que hiciste !
- Le estampé a ese policía una buena marca extranjera en el pómulo y luego me escapé. Así
que será mejor que nos vayamos de este hospital, no vaya a ser que me vengan a buscar con
refuerzos.
Después de tres semanas de viaje por la llanura Indo-gangénica llegamos a Kanpur, provocando
el asco de todos, debido a nuestra apariencia lamentable luego de pasar infinidad de peligros y
hambre. Estábamos a medio camino de Delhi, donde pretendíamos denunciar a nuestro Consulado
lo que le había sucedido a Daniel. Decidimos alquilar una habitación de un motel sencillo, pues
era todo lo que podíamos conseguir.
Totalmente rendidos, nos hundimos en nuestros colchones con la ilusión de dormir hasta la tarde siguiente. Pero un incidente muy curioso nos puso en guardia. Al frente de nuestras camas había un gran armario para ropa de dos puertas cubiertas totalmente de espejos, que hacían ver el cuarto más grande de lo que era en realidad. Al despertar al día siguiente, ambos espejos estaban hechos trizas en el suelo y la madera descubierta del armario mostraba dos agujeros de bala. Yo recordaba haber dejado las ventanas de la habitación abiertas la noche anterior, debido al calor que hacía en esa época del año.
Al principio no entendimos por qué alguien quisiera haber destruido los muebles de nuestra habitación, pero luego de pensarlo mejor nos dimos cuenta de que esas dos balas tenían nuestros nombres en ellas. El asesino aparentemente se había confundido al ver nuestros reflejos en el armario y creyéndolos reales, descargó su arma contra ellos. A pesar de revelar la gran torpeza y poco profesionalismo del supuesto sicario, esto nos bastó para coger nuestras maletas e irnos de ese motelucho, pues también sospechábamos del hecho que ninguno de los dos nos despertamos por el ruido de los espejos rotos, lo que sólo se explicaba por alguna droga añadida al té que nos ofrecieron como cortesía a la hora del lonche.
Salimos del motel ante la mirada atónita del dueño y tras comer algo en un hueco vegetariano -
asi eran casi todos- emprendimos nuevamente el camino hacia la capital.
Debo precisar que, durante el largo trayecto a pie desde Haora hasta Kanpur, ambos
habíamos tenido la sensación de ser vigilados y algunas noches incluso divisamos una luz celeste
a lo lejos, pero yo lo atribuí más a una alucinación por agotamiento o a un fenómeno
atmosférico que a una amenaza real. Sin embargo, a los cinco días de haber escapado de Kanpur, volvimos a ver esa luz y descubrimos de que se trataba.
Habíamos terminado de instalar nuestra carpa a la orilla del río Yamuna, cuando vimos cómo el reflejo de una esfera de luz celeste se dibujaba en las cristalinas aguas del río. Al principio se mantuvo estática, pero luego se acercó a nosotros a gran velocidad. Ya empezábamos a escapar hacia la espesura del pantano, cuando una voz familiar nos llamó.
- Esperen señores, he venido a ayudar.
Al darnos la vuelta vimos a Krishnaragar parado y con los brazos cruzados junto a la carpa. Su
cuerpo tenia un débil resplandor celeste y estaba ataviado con finos ropajes dorados y carmesí.
Un turbante de seda le cubría la cabeza y su rostro esbozaba una sonrisa traviesa.
- Krishnaragar, te creíamos muerto !
- Es curioso cómo la muerte significa para los humanos el cese de todas sus funciones,
cuando no es así, señores.
- Pero que haces aquí, y quién eres en realidad?
- Sólo les puedo decir que quiero ayudar. Han estado muy cerca de una gran verdad que pocos
saben y ocultan. El poder está en no mostrarse poderoso. Y estos demonios lo saben.
- De que estás hablando?
- No hay tiempo. escúchenme y sigan mis instrucciones, de lo contrario nunca llegaran a Delhi.
Dentro de dos días llegarán a la aldea de Mainpuri. Pero no se detengan ahí. Tampoco acepten
agua de ninguna persona, ni alojamiento, ni comida. Si ven un pájaro herido en el suelo, no lo
recojan, si ven una anciana pidiendo auxilio, no le ayuden. Pero al primer comerciante que les
ofrezca cebiche de dátiles, acéptenle el plato de inmediato. Al terminarlo encontrarán en él una sortija, en la sortija un diamante y en el diamante un camino. Síganlo y encontrarán la verdad en Delhi.
Luego de decir esto, Krishnaragar desapareció, dejándonos atónitos y sin poder dormir. A los
dos días, efectivamente, llegamos a Mainpuri. Todos parecían muy hospitalarios, pero
obedeciendo los consejos de nuestro guardián, nos negamos a todo. Desde un callejón llegó
gritando una vieja horrible, pidiendo ayuda para atrapar a un ladrón, pero por más que lloró
sobre nuestras botas, no la seguimos. Ya habíamos divisado a un comerciante, cuando del cielo
nos cayo un cuervo malherido y yo ya estaba a punto de recogerlo, como buen veterinario que
era, cuando Rafo me detuvo.
- Cebiche de dátiles, cebiche de dátiles, a sólo 3 rupias! -clamaba el comerciante
- Dos cebiches por favor- le dijo Rafo
- Cómo no, señor.
Al instante aparecieron de no sé dónde los dos platos, en uno de los cuales estaba la sortija que Krishnaragar nos había mencionado. La tome cuidadosamente y nos alejamos al instante del pueblo, mientras todos los pobladores nos veían irnos, furiosos e impotentes; incluso la vieja que, milagrosamente rejuvenecida, nos imprecaba con el cuervo graznando en sus hombros.
Sin embargo, cómo podía haber un camino dentro del diamante? Con mucha precaución me lo
probé en el anular de la mano derecha y estaba a punto de refunfuñar, hastiado de toda esta
situación, cuando un repentino jalón del anillo me dirigió hacia el frente. No había manera de
detenerlo y tan sujeto como estaba a mis carnes era imposible sacármelo sin cortarme.
Así estuve los siguientes seis días, en los que Rafo, muerto de risa, me alimentaba “al paso”. Me niego a detallarles las proezas físicas que llegué a perfeccionar para poder satisfacer mis otras necesidades hasta llegar a Delhi.
Una vez en la capital, la sortija no se detuvo. Nos llevó, zarrapastrosos como estábamos, a la zona empresarial de la ciudad, en la que modernos rascacielos brillaban imponentes al sol. Finalmente, tras muchas vueltas y estando varias veces a punto de ser atropellado, llegamos a la sede central de la OMPH (Organización Mundial Pro-Hindú). Esta organización era conocida en el mundo entero
por su apoyo a los programas de alimentación en los países del Tercer Mundo, al punto que fue
reconocida por la ONU debido a su contribución en la erradicación de la
poliomielitis en Bangalore en el año 1995.
Pero que tenía que ver esta organización con la sortija?
Estaba hundido en las posibles respuestas a esta pregunta, cuando el frenético tono de Rafo me
despertó:
- Mira Arturo, es el mismo símbolo !
Por fin entendí la familiaridad que nos causó la marca en la frente de Daniel: Era nada menos que
el logotipo de la OMPH !!
- Vamos, hombre, qué esperas !
- Detente Rafo, es propiedad privada y nosotros solo somos dos.
Luego de dos horas volvimos con personal del Consulado Peruano y escoltados por fuerzas del
ejército Indio. Atravesamos las rejas del complejo estrellándo un jeepcontra ellas y ya estábamos en el amplio jardín frontal, cuando del edificio principal salieron más de cincuenta delincuentes armados. Rafo los reconoció como los feroces Tamires de Sri Lanka, pero no tuvo tiempo de decir más pues una bala le atravezó la mandíbula, dejándolo muerto frente a mí. La carnicería duró muy poco, pues el ejército hindú estaba mejor preparado.
Luego, acompañados del Cónsul y un general indio, avanzamos sorteando a los caídos hacia un gran portón al lado del edificio principal. Dentro estaban estacionados en línea más de cincuenta camiones con el logotipo de la organización, los mismos que descubriéramos hace más de un mes, con mi amigo recién muerto, en aquel hangar maldito de Bhaptara.
Grande fue mi terror al ver dentro de estos frigoríficos motorizados, kilos y kilos de carne molida, terror que se confirmó cuando en el sótano del edificio principal vi cómo se procesaban miles de cadáveres en inmensas máquinas moledoras.
Esta era la verdadera fuente de alimentación para los pobres de todo el mundo que la organización les entregaba, alimentándolos con cadáveres de otros países – en este caso de la India- ahorrando un dineral y desviando a sus bolsillos las desprendidas donaciones que se hacían en muchos países para apoyarlos en su supuesta “causa”. Los tamires eran los asesinos- que no
daría un Tamir por matar hindúes- y vendían su mercancía por paquetes a la organización, que
asi financiaba la guerrilla en aquella lejana isla del sur.
Asqueado por toda esta porquería, me regresé a Lima en el primer vuelo que encontré, devolviendo a la familia de mis amigos sus cuerpos inertes para un entierro digno en su patria. Además fui ayudado a salir -con sorprendente rapidez- por el consulado peruano y el gobierno hindú, que me sugirieron "amablemente" que me olvide de todo lo sucedido allá.
Así lo hice durante varios años, pero un hecho me impulsó finalmente a contarlo: Ayer, en el
centro de Miraflores, han abierto el primer local de hamburguesas de una poderosa
transnacional. Si quieren vayan a visitarlo, pero antes de pedir una Hamburguesa Clásica con
abundantes papas fritas, mayonesa y ketchup, fíjense primero en su logotipo.
Provecho.
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